viernes, 16 de diciembre de 2011

Continúa la polémica por la renuncia pública del profesor de la Universidad Javeriana.

Estudiante responde a profesor Jiménez: Usted se queja de estudiantes sin espíritu crítico, yo me quejo de profesores que no siembren las ganas de saber

Continúa la polémica por la renuncia pública del profesor de la Universidad Javeriana, Camilo Jiménez, quien cuestiona la capacidad crítica y formación previa de estudiantes de comunicación social para articular coherentemente ideas y escribir. 

Algunos consideran que para eso están, precisamente, los profesores, para hallar las estrategias para motivar y llevar al conocimiento a los estudiantes; y entre esas opiniones la de la de estudiante Victoria Tobar, quien señala que precisamente paga para aprender y a los profesores les pagan por enseñar.

Por su parte, el profesor Richard Tamayo replica a la estudiante y le dice: "Tú no le pagas al profesor, él no es tu obrero"

El siguiente es el texto de respuesta de la estudiante, en su blog:

Mi nombre es Victoria Tobar, tengo 20 años, soy estudiante de Comunicación Social con énfasis Audiovisual de la Universidad Javeriana, y leí su emotiva carta de renuncia. Quiero decirle que no encontré un sólo error de sintaxis, ortografía o cohesión. De antemano me disculpo con usted y todos los que lean esta carta, en respuesta a la suya, porque seguramente aquí sí encontrarán un par. Sin embargo, lo que sí encontré en su declaración -o cualquiera que sea el género al que pertenece su texto- fue una serie de inconsistencias en los motivos que sustentan su renuncia.

En primera instancia -y haciendo referencia al segundo párrafo- me parece que su argumento, básicamente, es que sus estudiantes deberían saber escribir un resumen decente porque vienen de familias bien, comen bien, y estudiaron en colegios bien. En ese orden de ideas, si bien entiendo, tomar aguadepanela, comer huevito con arroz, tener un papá carpintero o celador, y no haber salido nunca del país, son condiciones de la existencia que atrofian el cerebro, la capacidad de análisis y la actitud crítica. Pero bueno, ese ni siquiera es el punto. Lo importante, y lo que quiero decirle, es que su declaración es sumamente injusta. Es una extensa -y en varios puntos desacertada- crítica de la disposición actual de los estudiantes hacia el aprendizaje. Porque le recuerdo, señor Jiménez, que a eso vamos nosotros a la universidad; a aprender. Y si lo tiene claro -supongo que lo ha oído decir en múltiples ocasiones-, no entiendo entonces su noción de ser profesor, y mucho menos su concepto de enseñar, porque lo que veo en su columna es que usted sería feliz con un salón lleno de gente experta, sin falencias en aquello que producen, con una capacidad de análisis y redacción tan perfecta como la suya, de manera que su tarea se pueda limitar a leer y calificar genios.

Después de una crítica sobre la disposición de sus estudiantes (que cada vez iba pareciendo más una crítica a sus capacidades, y por ende tomando un tono algo ofensivo, como aquel que refleja esa frase “ no pudieron pasar del resumen”), pasa usted a considerar la posibilidad de que el problema sea usted, y no ellos, cosa que me parece por lo demás muy sensata y válida. Lo que si no lo es, es la actitud que toma usted ante tal consideración. Unas afirmaciones que transpiran sarcasmo, y que se encargan de lavar sus manos de cualquier indicio de culpa. Creo que usted y todos nosotros tenemos claro que las presentaciones en PowerPoint y las películas-resumen no son la mejor herramienta de aprendizaje. Sin embargo, hay algo que no entiendo. Usted critica, principalmente, la actitud adormilada de sus estudiantes, su ausencia absoluta de espíritu crítico y, en consecuencia, sus largos e incómodos silencios durante sus clases. Ahora le pregunto, ¿cree usted que un resumen es el mayor fomento del espíritu inquieto y crítico? Cuando un gran profesor de cine, que tuve hace un par de semestres, me explicó lo que era el neorrealismo italiano, no tuve espacio para la duda. Si el decía que era eso, pues yo confiaba en que eso era. Ahora, lo que hice con el concepto que el introdujo, abrió infinitos escenarios de duda y debate. Señor Jimenez, humildemente le sugiero, si lo que usted quiere es dar una clase en la que la crítica, la duda y el debate sean los protagonistas, que su eje transversal no sea saber hacer un resumen. ¿Qué le puedo preguntar a un resumen? No con esto quiero decir que no sea fundamental para un editor escribir bien y manejar la economía de medios y demás, pero creo que sus críticas deberían ser un poco más coherentes con el tipo de contenidos que usted ofrece en su clase.

Si usted se queja de que ya no hay estudiantes con un espíritu curioso y crítico, yo me quejo de que no tengo profesores que siembren en mí la duda y las ganas de saber. Por que si hay algo que creo firmemente, es que las ganas de aprender por parte de un estudiante reside, en gran medida, en las ganas del profesor de que sus estudiantes aprendan. El semestre pasado, un profesor de apenas 27 o 28 años, hizo que yo entendiera a Felix Guattari, cuando para mí -antes de tener la fortuna de ver esa clase- el deseo sólo era interesante si se entendía como las ganas de follarse al prójimo. Y no sólo yo pude hacerlo. También lo hicieron otros estudiantes, cuyos énfasis variaban desde periodismo deportivo a la comunicación organizacional, tan desacreditadas por los “grandes” investigadores y académicos. Todos, inclusive ellos, quisieron entender, y el profesor no descansó hasta que lo lográramos. Si sus estudiantes, al entrar a su clase, no sabían hacer un resumen, su meta como profesor era enseñárselo.

Volviendo a su carta, considero una falencia de su parte creer que el único conocimiento válido es el que reside en los libros. Porque señor Jiménez, esa es la premisa que está detrás de toda su exposición. Entiendo que esa pueda ser su visión como editor, y que cuando usted tenía la edad de sus estudiantes esa fuera la única, pero déjeme contarle que hay otras formas, y son igualmente válidas. En ese sentido, creo también que su afirmación según la cual las ideas solo pueden nacer del silencio y la instrospección es debatible. Si bien algunas de mis ideas y preguntas -no sólo académicas, sino tambien sobre la vida- surgen desde ese estado de soledad, muchas otras surgen desde la interacción; con otras personas y otros puntos de vista. La época en la que vivimos permite que esas personas y esos puntos de vista se manifiesten por medios diferentes de la palabra, y no es una desgracia; es una suerte. Hay blogs de arte, de música, de fotografía, de política, de diseño, de lo que usted quiera. Y allí mismo, alguien, en cualquier lugar del mundo, ha condensado una forma de ver la vida. Esta carta es una prueba de ello. Es una idea, que si bien se materializó en la palabra, surgió de uno de esos medios que usted tanto critica; Twitter. Si no fuera por ese medio, tal vez nunca habría tenido noticia de la polémica que su carta desencadenado, y en ese sentido, esta carta, sin importar la validez de su contenido, es un argumento en su contra, al igual que todas las respuestas a favor y en contra que ha recibido hasta ahora por su carta de renuncia. Creer que los nuevos medios sólo sirven para que los jovencitos hablen mierda es, como mínimo, ingenuo.

Hice un conteo similar al que usted hizo con sus estudiantes. He cursado un total de 29 materias, y nunca he repetido profesor. De esos 29 profesores, 3 me han enseñado algo, lo que sea, y uno ha hecho el esfuerzo. 25 profesores han pasado por mi vida desapercibidamente. ¿25 estudiantes no le dieron la talla? Bueno, a mi 25 profesores no me han dado la talla, y a mi no me pagan; yo pago. Se que no es su culpa que nosotros los estudiantes no denunciemos este tipo de cosas. Este es un intento por empezar a hacerlo, como ustedes, profesores, diariamente lo hacen.

Ahora, entiendo que se haya cansado de su oficio. Nadie está obligado a permanecer en un lugar donde no quiere estar. Lo que me parece injusto, es que la culpa (porque sí, señor Jimenez, hay culpables en su texto y es claro) sea de sus estudiantes, que “no pudieron” con usted. Humildemente, creo que su cansancio radica, más bien, en que para usted la docencia es eso; un oficio. Ser profesor requiere de una vocacion inmensa, tan grande quizás como la de un médico. Lo invito, señor Jiménez, con todo el respeto que se merece, a que considere la posibilidad de usted se haya ido por que se dió cuenta, quizás muy en el fondo, de que enseñar no es lo suyo.

En esta carta no le pido que vuelva. La verdad, agradezco la sensatez que reside en el hecho de haberse ido. Me imagino que a usted no le gustan los médicos que, durante la consulta, no lo miran a los ojos. A mí no me gustan los profesores que no pueden asumir la responsabilidad de enseñar. Al igual que usted, termino esta carta con un incómodo nudo en la garganta.

Victoria Tobar.


Carta a Victoria Tobar

Por su parte el profesor Richard Tamayo, continúaa el debae y responde a Viviana Tobar Estimada Victoria. Ayer, tan pronto publicaste tu carta sobre el affaire Jiménez, la leí con detenimiento. Me impresionó la seriedad y el tono de tu escritura. Como editor, no pude dejar a un lado la neurosis desgraciada que me obliga a buscar erorres. Pero sobre todo, la leí como profesor. Como el profesor que no podrás contar en tu lóbrega lista de 29 docentes, porque hace unos meses decidí claudicar. No quiero contarte porqué lo hice, pero sí quiero comentar algunos aspectos de tu carta que me llevaron a la reflexión.

En primera instancia, Victoria, tu carta muestra que desconoces el sistema de administración y selección de personal de la Universidad. Tú no le pagas al profesor, él no es tu obrero. Él, en el mejor de los casos, fue elegido a través de un proceso extenso, burocrático y agotador en el que se evaluaron sus competencias en investigación y docencia, y su carrera académica y profesional. En el mejor de los casos, digo, porque todos sabemos que con los profesores de cátedra ello no siempre ocurre y que muchos concursos para profesores de planta están amañados en su origen y carecen de instancias objetivas de supervisión. Gracias a los concursos y evaluaciones, Victoria, has tenido 4 profesores decentes. Gracias a la corrupción del mismo sistema, has tenido 25 profesores incompetentes. Y a todos esos 29 docentes, les pagan las Facultades a través de sus Departamentos. A ellos no les pagan los estudiantes, les paga una institución que debería preocuparse por tener excelentes empleados, pero que muchas veces les destina salarios vergonzosos y pocos estímulos a su gestión. ¿Sabes? Una Navidad, a todos sus profesores de planta, la Facultad tuvo a bien regalarnos como premio anual a nuestra labor docente un juego de pocillos. Bonito. Pero muy desconcertante. Si tus jefes piensan que lo que más puede motivarte a seguir trabajando en la Universidad es un juego de pocillos y no un bono para comprar un libro en la Tienda Javeriana, estamos en problemas.

También, como la gran mayoría de tus compañeros, desconoces el sistema de gobierno de la Universidad. Y eso no es culpa tuya. La verdad, la Universidad no parece hacer ningún esfuerzo por aclararles a los estudiantes cómo funciona. Tal vez ello asegura que las quejas nunca lleguen a donde deben llegar y las responsabilidad se diluyan de manera perversa. Nuestros jefes son los Decanos, pero rendimos cuentas a los Jefes de Departamento. Y por un mecanismo bien particular, son las Carreras las que compran las clases a los Departamentos. En la práctica esto quiere decir que si tienes un pésimo profesor en clase, tú vas a la Carrera a quejarte, pero ella, a su vez, debe tramitar la queja al Departamento al que le compró el servicio y éste, si lo estima conveniente, pues llama al profesor y le pregunta qué sucede. Una Carrera puede tener cientos de profesores que pertenecen a decenas de Departamentos distintos. Si todos conspiran para que tu queja sea respondida, tal vez en algún momento del siguiente semestre sepas qué opinó el Jefe del docente en cuestión. Obviamente, el profesor tiene derecho a réplica y la rueda kafkiana girará una vez más.

Como parte del gobierno académico, los estudiantes tienen un representante al Consejo Académico que tú debiste ayudar a elegir. Si no lo hiciste —porque la Facultad no te comunicó a través de los mecanismos pertinentes cuándo fueron las elecciones, o simplemente porque no te interesó— pues te has perdido la posibilidad de tener una voz que represente tus demandas y exija tus derechos. ¿Sabes quién te representa?, ¿tú y tus compañeros se han preocupado por hacer una evaluación de la gestión de sus representantes?, ¿sabes qué tanto poder real tiene dicho representante? A él o ella deberíamos pedirle que nos cuente qué ha hecho por ustedes.

Tengo entendido que algunos estudiantes promovieron la creación de una Asamblea estudiantil. Me sentí muy orgulloso al leer la amable invitación que hicieron por Facebook y Twitter para que todos los estudiantes de la Facultad asistieran y comenzaran a forjar un movimiento estudiantil javeriano, digno de hacer parte del valioso movimiento nacional. ¿Fuiste a la Asamblea?, ¿sabes a qué conclusiones o a qué acuerdos programáticos o tácticos llegaron?, ¿sabemos de qué manera la Asamblea interactúa con los directivos de la Facultad?, ¿cómo le comunicó esta Asamblea su trabajo a todos los compañeros que no asistieron?
Victoria, es importante que tú sepas claramente qué servicio estás pagando y qué mecanismos te otorga la institución y la Ley para exigir la correcta prestación del oneroso servicio educativo que pagas. En nuestro país, desafortunadamente, las empresas e instituciones están acostumbradas a ocultar sus mecanismos de su funcionamiento, con el fin, tal vez, de impedir que sus usuarios puedan exigir cambios y mejoras.

Por otra parte, creo que haces mal en cuestionar una metodología educativa en unas competencias cuyo modo de adquirir desconoces. El profesor Jiménez forma en competencias editoriales. Para un editor, saber leer y escribir no es una opción, es una obligación, un principio de funcionamiento, una necesidad fundamental. El editor VIVE de leer y escribir, luego se debería preocupar por refinar sus herramientas de supervivencia. Algunos profesores creemos que TODOS los comunicadores deberían desarrollar en la Carrera excelentes competencias lecto-escriturales, pero otras personas creen que no y tienen buenos argumentos para ello. Es un debate abierto que también podríamos dar. El caso es que, para los que libremente decidieron pagar el servicio de enseñanza del Campo Editorial, el desarrollo de estas competencias es fundamental y todos los profesores deben estar en la obligación de exigirlo. Un “resumen” no me parece un ejercicio inocuo, estúpido o falto de exigencia. De hecho, muestra bien qué capacidades tiene el estudiante para comprender las estructuras lógicas, argumentativas y narrativas que componen un texto. Si yo dictara clases de narrativa audiovisual, sería interesante plantearles el ejercicio de convertir un cortometraje en un filminuto, tal vez ello te muestre a ti misma que sintetizar es un ejercicio que merece ser explorado.

También te quejas de la falta de vocación del profesor Jiménez. La verdad, él no lleva 6 meses siendo docente. Sus años de trabajo parecen delatar que sí tiene una vocación. Pero la resignación, el sacrificio y la entrega total no son valores que considere inherentes al trabajo pedagógico. Esos principios de moral católica no se los podemos pedir a un docente. En cambio, sí le podemos exigir que permita la construcción de las reglas de funcionamiento del dispositivo escolar de manera democrática, honesta y dialógica. ¡Y que las cumpla! Que sea claro en sus mecanismos de evaluación y que los comunique debidamente. Que llegue a tiempo a clase. Que cumpla con el programa que el estudiante pagó. Eso sí es deseable éticamente, pero sacrificarse por los estudiantes sólo los lleva a la puerilización y la incompetencia.

Todo lo anterior no quiere decir que suscriba las explicaciones que el profesor Jiménez da sobre el origen de la mediocridad de tus compañeros. Tu carta está bien escrita y, el solo hecho de que la hayas escrito tú, estudiante de otro Campo profesional ajeno a la edición, habla de tu seriedad académica y tu compromiso político, por eso no te cuento en el mayoritario grupo de estudiantes que sufren variados problemas en sus competencias cognitivas y comunicativas. Creo que Camilo es muy ligero al enunciar su hipótesis sobre los nativos digitales y que, como tú misma lo indicas, menosprecia unas tecnologías que claramente le aseguraron a él mismo un éxito inusitado y una viralidad impresionante de su carta de renuncia. Pero sus razones para renunciar son totalmente legitimas. Si uno es infeliz en un trabajo, no tiene que sacrificar su felicidad al desarrollo de competencias de unos seres a los que, seguramente, no les interesa refinarse. Tú no puedes juzgar si el faltó a su responsabilidad ética porque, de nuevo, él sólo es responsable de prestar adecuadamente el servicio que tus compañeros pagaron durante el tiempo que le fue contratado. Si él incumplió su contrato, lo tendrá que investigar la Facultad. Si él no desea renovarlo, está en su derecho, pero date cuenta que decidió no renovarlo, pero no dejó tirado su curso a la mitad del camino.

Victoria, entiendo tu rabia. Tú dijiste —de una manera que me pareció jocosa— que éramos unos hijueputas que creíamos haber nacido profesores. Y sí, tienes razón, algunos profesores lo creen. Pero algunos otros somos docentes precisamente porque fuimos estudiantes. Yo soy egresado de la carrera que hoy estudias y recibí una educación bastante regular. En venganza, o al menos como cierto mecanismo de retribución, decidí ser profesor y exigirme no ser tan mediocre como los docentes que tuve. He hecho lo mejor que he podido. Di 9 años de mi vida a la Facultad de la que hoy te quejas, por un salario francamente vergonzoso. Pero intenté hacer las cosas bien, aunque muchos de mis estudiantes nunca hayan comprendido el sentido de mis clases. Yo también renuncié. También hago parte del grupo de profesores agotados al que tú llamas irresponsable, pero te juro que aguanté lo que más pude.

Atentamente,
Richard Tamayo N.

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