por KIEN&KE

En la entrada que da a las aulas de la Institución Universitaria de Colombia, hay un letrero enmarcado que dice: “Es bueno dejar el trago, lo malo es no acordarse dónde”. Junto a la inscripción, aparece un borracho desaliñado que abraza una señal de tránsito. Al fondo, entre las mesas de una cafetería, cuelgan sombreros de paja, platillos de banda marcial, una lira, un colorido reloj enmarcado por dos caballos grises con sus crines al viento. Sobre una suerte de estante, una réplica en miniatura de la Venus de Milo, un busto de Beethoven, una figurita de madera. Allí, en medio de ese salpicón de corotos que le da bienvenida a los visitantes, en la calle 35 con carrera séptima, queda la nueva universidad de Carlos Abraham Moreno de Caro.
Todos se acostumbraron a ver a Moreno de Caro vestido de amarillo y vociferando con tono postizo, llevando chulos, culebras, vísceras, alacranes y veneno para ratas al Congreso. Siempre insultando. Siempre interrumpiendo. Se le recuerda también encabezando una caravana de bicitaxis adornados con publicidad política, tapando alcantarillas, entregándole una gallina al ex ministro de protección social Diego Palacio, citando la Biblia, declamando en los consejos comunales del ex presidente Álvaro Uribe. Pero hace un tiempo, Moreno de Caro se quedó callado. Decidió alejarse, como si aún viviera en Sudáfrica.